TEA y patologización de las infancias

Mariel Chapero

Dra. Mariel Chapero

Mariel Chapero, Dra. en Psicología - Docente de UNR

En la actualidad, cada vez más cantidad de niños y niñas son diagnosticados y medicados, perdiéndose de vista la dimensión subjetiva y el malestar que la sintomatología denuncia en el caso por caso.

Gran parte de la población infantil es potencial portadora de un diagnóstico y candidata para el consumo de psicofármacos. Desde la década de 1980, y hasta el día de hoy, venimos siendo testigos de la profundización de las características que ha tomado la sociedad neoliberal que exige cada día más, y que tiende a medicalizar un malestar que, en realidad, muchas veces, es inherente a la condición humana.

Los diagnósticos actuales estiman causas de orden biológico o genético que no se encuentran comprobadas, y aunque puedan identificarse alteraciones de índole orgánico, estas no se pueden identificar como causa única.

En estos diagnósticos no se incluye en la lectura la perspectiva de que más allá del camino que pueda estar orientado desde lo biológico, la constitución de la subjetividad también surge de la experiencia, fundamentalmente la experiencia de encuentro con otro/s. La causa resulta así un condicionante genético que define de un modo unilateral, como si los determinantes que intervienen en la humanización de la especie humana no fueran múltiples.

De esta manera, no queda ningún lugar a la alteridad, representando el sujeto una función cerrada cuyo destino ya se encuentra jugado, porque ya fue definido por el camino que determinaron sus genes.

Desde el Psicoanálisis, y en el análisis de la unicidad del caso por caso, lo que podemos apreciar en el encuentro con niños y niñas que evidencian algún problema en su desarrollo es una compleja trama de determinaciones, difícil de desentrañar, que se asemeja más a las series complementarias que propusiera Sigmund Freud que a la lógica reduccionista que impone la causalidad lineal que se desprende de una perspectiva biologicista.

Problemas tan complejos como el autismo, terminan siendo abordados desde un paradigma simplista si no se consideran todas las variables que pueden intervenir. Así, el sufrimiento queda ligado a lo biológico, y, por lo tanto, queda desubjetivado; representando la medicalización y el plan de rehabilitación la respuesta ready-made (ya predefinida) que obtura la posibilidad de escucharlo, de historizarlo.

En función de la laxitud que ha adquirido el criterio diagnóstico con los sucesivos manuales DSM(1), particularmente en su última versión (DSM 5), se ha producido un masivo crecimiento de la población con Trastorno de Espectro Autista (TEA). No sólo se trata de una población que ha tenido un crecimiento masivo, sino que además se trata de una sigla que se hace extensiva, que se transmite al entorno cercano: padres TEA, hermanxs TEA, etc.

En el transcurso de los últimos años se ha ido construyendo toda una identidad alrededor del TEA, lo cual nos permite pensarlo como un fenómeno social que excede ampliamente a los niños y niñas identificados con este diagnóstico. Han surgido múltiples organizaciones de la sociedad civil que nuclean familiares. A partir de ellas se ha logrado la sanción de leyes específicas para este diagnóstico (tanto a nivel provincial como nacional), que reafirman los derechos que ya han sido establecidos por la Convención Internacional sobre los Derechos de las Personas con Discapacidad, que en nuestro país tiene rango constitucional.

Es así que se ha logrado la construcción de una fuerza política que permite al TEA tener una identidad diferenciada por fuera de los colectivos de usuarios de salud mental, incluso por fuera del colectivo de personas con discapacidad. Es como si también quedaran por fuera de la legalidad que ampara a esos colectivos. Entiendo por eso han trabajado para tener una legalidad propia. “Para muestra basta un botón”, dicen: en la Decisión Administrativa 490/2020 emitida por la Jefatura de Gabinete de Ministros de la Nación el 11 de abril del 2020, se dispusieron nuevas excepciones en el marco de la extensión del aislamiento social, preventivo y obligatorio. A partir de la misma se admite la circulación de las personas con discapacidad, y de aquellas comprendidas en el colectivo de Trastorno de Espectro Autista. Podría llamar la atención que se diferencie en el documento a una población que es poseedora de certificado de discapacidad, y, por lo tanto, ya estaría incluida dentro del primer grupo mencionado. Pero no es casualidad, sino que esto es el resultado de una construcción que ha permitido a este colectivo una identidad diferenciada. Se trata de una sigla que tiene tanta potencia, que incluso se legitima a pesar de que el TEA en nuestro país no tiene una existencia formal a nivel diagnósticos.

¿A qué nos referimos con esto? La clasificación CIE(2) es la que oficialmente se utiliza en nuestro país en los dispositivos de atención primaria y dispositivos públicos en general. Además, resulta relevante que sea el manual que utilizan las juntas interdisciplinarias que tienen a cargo el otorgamiento del Certificado Único de Discapacidad, certificado absolutamente necesario para acceder a tratamientos y prestaciones educativas que financia el Estado directamente, o por reintegro a obras sociales.

La sigla que recorre el discurso médico, educativo y parental: TEA, NO figura en dicho manual. Por dicho motivo, en realidad, el diagnóstico que esos niños y niñas portan en su Certificado de Discapacidad es TGD (Trastorno Generalizado del Desarrollo). Esto lleva a considerar que más allá de las cuestiones formales, y de que en la República Argentina se adopte el sistema de codificación internacional sugerido por la Organización Mundial de la Salud, el discurso sobre el autismo está fuertemente impregnado por el DSM-5 y, por lo tanto, por la impronta que le imprime la psiquiatría norteamericana. Es decir, una psiquiatría que se sostiene en la lógica que impone el mercado de los laboratorios y de la industria de la rehabilitación.

Lograr tanta exclusividad puede representar un éxito (compensación) narcisista, pero conlleva el riesgo de dejar cada vez más lejos el anhelo de ser “unx más”. Es difícil (por lo menos a mí me cuesta) pensar en la inclusión de un colectivo que se diferencia cada vez más del resto. En este sentido, se evidencia cómo la situación excepcional que estamos transitando a nivel mundial no anula las lógicas preexistentes. Esas mismas lógicas se evidencian, a veces obscenamente, también en épocas de pandemia. Y esta Decisión Administrativa puede representar un analizador en este sentido.

La experiencia clínica con niños y niñas que presentan diagnóstico de TEA nos enfrenta con modos de padecer muy diversos, singulares. Incluso una llega al punto de preguntarse cómo puede ser que niños y niñas con devenires tan diversos sean identificados con la misma sigla. Representa un desafío que podamos pensar en modos de reconocer a estos niños y niñas en la singularidad de su padecimiento, apostando a su dignidad como sujetos, en el derecho que cada uno y cada una tiene a ser diferentes.

(1) Manual Diagnóstico y Estadístico de los Trastornos Mentales (Asociación Americana de Psiquiatría)

(2) Clasificación Internacional de Enfermedades (Organización Mundial de la Salud)


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